Leyendo con los niños: un testimonio de J.R. Moreno

El año pasado cuando decidí realizar mis expectativas como ilustrador de libros infantiles, me acerqué a El Salmón Editores con la esperanza de mostrarles mis ideas para la publicación de un libro infantil. La idea de un catálogo de animales extintos le entusiasmó mucho a la editorial, y afortunadamente concordamos con prontitud todo lo relacionado con el tema y los procesos burocráticos. Muy pronto tomé consciencia de que mi libro iba a ser publicado y que en corto tiempo iba a habitar en las mesas de noche y bibliotecas de los niños del país. Al ser un autor de obra inédita, muchas veces me pregunté cómo se vería mi libro al salir, cómo adornaría las repisas de esas casas, con qué ojos mirarían los niños sus páginas.

 

Después de su gran estreno en el trigésimo aniversario de la Feria del Libro de Bogotá, comencé a figurarme cómo serían los eventos que organizaba la editorial y me emocioné mucho al pensar que muy pronto podría ver la mirada absorta de los niños mientras les leía mis páginas. Cuando comencé con estas actividades, conociendo varias de las librerías y parándome frente al público para leer mi libro, reconozco que me ponía bastante nervioso. “¿Les gustará mi libro a los niños?”, “¿mi lectura les llamará la atención?”. Estas eran algunas de las preguntas que me surgían al pasar las páginas de ¿Sabes cuáles son?, pero afortunadamente, después de tanto nerviosismo y emoción, leer para los niños ha resultado ser una actividad muy gratificante, que en más de una ocasión ha dejado recuerdos y anécdotas memorables. Me gustaría compartir con ustedes tres fragmentos de esas experiencias que he colgado en ese basto perchero donde habitan mis recuerdos sin etiqueta, fecha o locación.

 

Una de las experiencias más valiosas que he tenido con la lectura es darme cuenta que los niños que me escuchan son el reflejo del niño que aún habita dentro de mí. En una ocasión, con la voz un poco temblorosa, comencé a leer la primera adivinanza del libro: “- Por el bosque dos animales van. Uno come insectos y le canta al sol y el otro come frutas y le canta a la luna. ¿Sabes cuales son?-“. En ese momento, oigo a un niño muy emocionado diciendo: “- ¡Es un Murciégalo! –“. Poco después el niño cae en cuenta de su error y rápidamente trata de corregirse. “- Es un murciégalo-“, dice nuevamente. De repente, a mi cabeza vienen los recuerdos de cuando yo tenía cinco o seis años de edad. Trataba de decir murciélago y cerebro sin éxito alguno, y de mi boca borboteaban las palabras murciégalo y celebro junto al incierto sonido de mi voz infantil. Al recordar esos momentos, no pude esconder mi sonrisa, y con ternura le dije: “-Yo cuando no puedo decir murciélago digo Batman y la gente me entiende-“. El niño sonrió aliviado y alegre, y yo seguí con mi lectura.

 

Por alguna razón cuando un niño de doce o catorce años asiste a mi lectura siempre me siento un poco intimidado. Pienso que no lo va a encontrar interesante, que le lectura le parecerá aburrida o predecible, pero he descubierto que no hay edad adecuada para disfrutar de un libro y que niños y adultos pueden encontrarle gusto a la lectura de un supuesto libro infantil. En una ocasión recuerdo que había una niña ya mayor escuchando la lectura de ¿Sabes cuáles son?. Estaba un poco desatenta: hojeaba otro libro mientras de reojo trataba de prestar atención a mi lectura. Sentí que las adivinanzas no tenían mucho sentido para ella, pues con su rápido mirar adivinaba cuáles eran los animales de la página y dejaba que los más pequeños cumplieran esta tarea. Cuando los animales aparecían en todo su esplendor, ella sonreía sin despegar la mirada del libro que estaba en sus manos, sabiendo que había acertado en todas las adivinanzas. Comenzó a dejar su libro a un lado y a mirar las ilustraciones firmemente, como si quisiera compararlas con alguna imagen de su cabeza.

 

Finalmente, debo decir que estas experiencias de lectura me han enseñado que nunca debo subestimar a un niño. Generalmente, cuando me acerco al final del libro me preocupo un poco, pues me pregunto si los niños se van a sorprender más de la cuenta o si les parecerá muy triste la realidad de las especies extintas. En una ocasión un pequeño de gafas escuchó mi lectura con mucha atención. Al hacer mi reflexión final sobre los animales extintos, el niño exclamó sonriéndole a su madre: “- ¡Son animales del pasado!-“ Más tarde se despidió de mí con mi libro bajo el brazo y me contó que justamente en el colegio estaban haciendo una investigación sobre los animales del pasado. Muy contento y con un tinte de adultez en su mirada se llevó el libro para mostrárselo a su profesora y a sus compañeros de clase.

 

Estos recuerdos de mis lecturas me fueron edificando como autor. Leerle a los niños y ver en sus caras sus pensamientos y reacciones me ha motivado para continuar por este camino, pues me he dado cuenta que la lectura no solo puede llegar a ser una actividad predilecta para el tiempo libre, sino que además despierta su imaginación y con la continuidad, la mantendrá activa para el resto de sus vidas.

 

J.R. Moreno

Autor del libro ¿Sabes cuáles son?

 

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